
Jenniffer De La Rosa

Si te contara todos los altibajos que he pasado, me tomaría días o semanas hacerlo. Creo que mi primera crisis, o la situación que alteró el curso de mi vida, fue cuando mi familia emigró a Puerto Rico. Yo era una niña todavía; me encantaba mi escuela, o mejor dicho, el liceo donde estudiaba. Tenía muchas amistades, era casi una líder comunitaria, enseñaba catecismo a los niños, tenía un grupo musical llamado "Las Chicas Bomba" y participaba en cuantas actividades religiosas había. Sentía en ese tiempo que todo era posible. Al llegar a Puerto Rico, algo dentro de mí se apagó. No me sentí aceptada; el bullying era parte de mi nueva vida, el rechazo también.
A pesar de esto, siempre seguí dando lo mejor de mí en la escuela y participaba en todo lo que podía, como competencias literarias, el periódico de la escuela, entre otras. Poco a poco acepté que no iba a regresar a la República Dominicana (RD). Nunca fui la misma después de esa primera crisis existencial, algo en mí se apagó. La chispita alegre que tenía se volvió totalmente nostálgica y melancólica. Extrañaba mi vida en RD, mi campo, mis amistades, la aceptación de mi gente y, sobre todo, la libertad de ser yo sin ofender a nadie. Aquí en Puerto Rico sentía que tenía que esperar mi turno...
Capítulo 2: La crisis de ser adulta
Acabo de graduarme de la universidad en una carrera que sabía, no era mi primera elección, pero no había dinero para elegir. En ese tiempo, tenía una relación amorosa que, todo indicaba, era la correcta para casarme y formar una familia. Gracias a Dios, eso no sucedió, pero cuánto lloré y sufrí cuando terminé esa relación. En ese tiempo todo coincidió, era una mala racha. En mi trabajo como auditora/contable la estaba pasando mal, y todo empeoró cuando me di cuenta de que me estaban pagando mucho menos que al chico al que yo había entrenado. Fue entonces cuando me enteré de que las mujeres ganamos menos que los hombres... No tengo tiempo para contarte la rabia y el desencanto que esto generó en mi vida. Al mismo tiempo, en un viaje a Barcelona, España, me di cuenta de que el "indicado" no era la persona que yo creía. Debo asumir mi responsabilidad, creo que yo tampoco era la indicada para él. Esta crisis me llevó a tomar terapia debido a una fuerte depresión, pero fue ahí donde comprendí que siempre se puede empezar de nuevo, que el tiempo, aunque no lo cure todo, te brinda la oportunidad de renovarte, crecer y encontrar nuevas fuentes de alegría. Fue después de superar esta crisis que me mudé a Nueva York para empezar de cero. Quería intentar mis sueños de vivir en la Gran Manzana y estudiar moda. Así lo hice, y terminé trabajando en Madison Avenue, estudiando Merchandising y Gestión de Moda en el Fashion Institute of Technology of New York (FIT). Me sentí orgullosa de mí, me sentí libre, me sentí feliz por un buen tiempo. Conocí, disfruté, viajé y crecí... hasta que llegó una nueva crisis existencial.
Llegó el momento del cambio. Me estaba sintiendo cansada y estancada después de unos años trabajando en el lujo de alta gama or high end. Sentí que no estaba avanzando y me estaba cansando del tren de vida, de trabajar los fines de semana, de estar rogando para viajar en Navidad, que era una temporada alta para las boutiques. Me cansé de ver que mis oportunidades para trabajar en otras áreas se esfumaban... Me tocaba cambiar a la fuerza.
Te cuento esto porque muchas veces la zona de confort no es para nada confortable. Muchas veces la zona de confort es más dolorosa que dar el salto a lo desconocido y tener fe. Mi zona de confort era tener un trabajo que pagara las cuentas y las vacaciones, era en las vacaciones donde yo me sentía viva. Era doloroso levantarse y ponerme una sonrisa en los labios, aparentar que todo estaba bien, llegar hermosa y fabulosa a mi lugar de trabajo y actuar como una diva que todo lo tenía bajo control. Dios solo sabe cuántas noches llegaba a casa a llorar y esperar el día libre para descansar el alma... Esta crisis me trajo un par de años en los que tuve que despojarme de mi autosuficiencia y aferrarme a lo desconocido y a la fe. Esperando lo mejor en todo momento, pude sobrevivir con ahorros, un trabajo ocasional, tomar cursos, entre otras cosas, hasta encontrar claridad. No quería un trabajo solo porque estaba desesperada; quería tener claridad sobre lo que buscaba y los cambios que estaba dispuesta a hacer.
Resulta que no siempre se llega a donde uno quiere; a veces llegas donde tienes que llegar. Después de dos años de incertidumbre laboral y de aprender a confiar, llegué a una agencia federal. Un trabajo que para muchos era el trabajo que yo tomaría hasta la jubilación... Dios, no lo permitas, dije. En ese momento necesitaba claridad, estabilidad y dinero; justo eso fue lo que me regaló este trabajo. No estoy segura, pero cada ciertos años siento que llega una crisis para afrontar.
Hoy, desde lo más profundo de mi corazón, doy gracias a esas benditas crisis que me han tocado vivir. Cada crisis ha traído consigo grandes cambios, renovaciones, crecimientos. A pesar del dolor y la angustia que traen, las crisis son muy necesarias para sacudirnos, para crecer y, sobre todo, para renovarnos. Mientras estamos cruzando la tormenta, es necesario hacer todo lo posible para encontrar momentos de calma. El silencio es reparador y maravilloso para escuchar lo que tiene que decir el corazón, que sabe más que la mente. En mi caso, muchas de las crisis fueron momentos propicios para la auditoría personal o autoevaluación. De esta forma, puedo tener un poco de claridad y encontrar los tesoros que nos dejan las crisis. Es importante entender que debemos ser amorosos a la hora de autoevaluarnos, reconocer lo que es bueno y lo que está funcionando bien, despertar la gratitud mientras nos hacemos responsables de nuestra vida y las decisiones que hemos tomado. Para crecer, es importante asumir nuestra responsabilidad, asumir la vida, nuestros actos y acciones, asumir nuestras batallas con el mismo honor que en la milicia. En la milicia, aquellos que llevan muchas medallas en sus uniformes son sinónimos de batallas libradas. En mi caso, no fue hasta hace poco que me di cuenta de que estaba avergonzada. Yo vivía con mucha vergüenza por todo lo vivido, hasta que un día vi a un militar llevando su traje con tanto honor y orgullo por todas las batallas libradas... En ese momento decidí asumir mis batallas con honor. Claro que sí, he librado crisis de las cuales he salido fuerte y renovada. Por eso puedo decir "Crisis bendita seas", gracias a esas batallas llevo en mi alma y corazón medallas de honor, nuevos comienzos y experiencias, crecimiento en todos los ámbitos.
Hoy estoy librando una nueva batalla, una nueva crisis que está gestando un cambio maravilloso. Aunque es doloroso lo que vivo hoy, tengo total certeza de que saldré victoriosa. Por eso no dejo de vivir, de crear, de soñar, de intentarlo. Sí, hay días que lloro, que me falta el sueño, y hay otros en los que me siento fuerte y no dejo de hacer las cosas que me llenan. Encontrar momentos de calma que permiten contar y evaluar todo aquello que va bien, ser agradecida y, sobre todo, nunca, pero nunca, perder la fe de que podemos salir de estas y muchas otras. La crisis, al fin de cuentas, es sinónimo de que estás subiendo de nivel, de que el lugar en donde estás se hace pequeño para ti y que ya es hora de soltar lo que ya no nos sirve.
Espero de todo corazón que encuentres algo que te pueda servir en este post. Además, quiero dejar a tu disposición una herramienta que puede ser útil en una autoevaluación. Busca en la sección "Gifts" un descargable de la rueda de la vida. ¡Ánimo!
Con amor,
Yeni

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